Deslucida puesta local de Rock of ages en donde la excelente performance musical del elenco no alcanza para sostener todo el peso del musical.

Continuando con la fiebre por los musicales foráneos puede verse los días martes en la sala principal del Teatro Maipo, Rock of ages, un musical con gran suceso en Broadway y Londres y que llega a Buenos Aires con una puesta alejada a las apreciadas en las grandes capitales del musical mundial. Al igual que Mamma Mia, Rock of ages se concibe en base a la unión de importantes temas musicales, en este caso del rock  de la década del ’80 ,en donde se ubica la acción.

La historia es una excusa para hilvanar grandes hits como “I Wanna Rock” “I want to know what loves is” “Wanted dead or alive”.Un típico bar de Los Ángeles donde comienzan su carrera varios músicos esta a punto de desaparecer. Una sociedad no tan limpia entre un empresario alemán y su afrancesado hijo y el alcalde de la ciudad pretenden demoler el lugar para construir un centro comercial y  asegurar la moral de la zona, arrancando de cuajo todo vestigio de sexo, drogas y rock & roll.

En forma paralela, una historia de amor entre una joven pueblerina que viene a probar suerte como actriz en la gran ciudad y el limpiacopas del bar, con aspiraciones a rock strar. Todo esta trama narrada por uno de los dueños del lugar, quien junto a su socio forman una peculiar pareja.

Los buenos y los malos, la joven inocente seducida por una gran figura de la música y abandonada, el ingreso de esta a la prostitución, la lucha del joven compositor por ganar un lugar en la industria musical para terminar formando parte de un grupo pop, y las historias de superaciones personales son tantos de los lugares comunes en donde cae este musical, cuyo centro de atención es solamente su variada partitura y quienes las interpretan.

La dirección de Pablo Drutman se enfrenta al escollo de volver interesante una pieza en donde el atractivo visual que Rock of ages propone en su lugar de origen no se traslada a la versión local. Una banda que ocupa el centro de la escena, un continuo entrar y salir de escena de la barra del bar con las sillas y las mesas y dos escaleras móviles a los costados de la escena son los elementos con los cuales el público debe apelar a su gran imaginación para crear en su mente los espacios que no se generan sobre el escenario. Al igual que en muchas de las propuestas que se ofrecen del género en una función semanal, la dirección de actores es débil y se recurre a la caricatura para subsanar cualquier falencia en el dibujo de los personajes. 

Un sobreactuado Matias Mayer como el narrador de la trama, un grotesco joven amanerado interpretado por Marcos Rauch que pareciera tener problemas motrices por su manera clownesca de caminar y una desaprovechada Lucia Mundstock, quien grita y no modula palabra-en uno de los papeles de mayor lucimiento actoral que brinda la obra-conviven con el naturalismo extremo de la pareja protagónica joven con un sobresaliente Federico Coates, un correcto Cae como el dueño del bar y la siempre brillante Melania Lenoir en un papel menor.

Como contraparitda de esta notoria debilidad, la parte vocal es brillante. Todos y cada uno de los protagonistas tiene un desempeño plausible en cuanto a netamente musical, como así también el ensamble que se luce gracias a la vivaz coreografía de Matías Napp y una banda que suena a la perfección. 

La versión local de Rock of ages presenta una dicotomía marcada entre el discurso propuesto desde el escenario y la recepción del mismo por parte de la platea. Un fervoroso público que viva cada una de las entradas de Mayer o de Rauch a escena merece un análisis sociológico- como el caso del emblemático The Rocky Horror Show- metier ajeno a la critica teatral que se basa en analizar cual es la propuesta del director y de los creativos sobre el material.  En este caso,una puesta de escaso vuelo creativo donde solo merece ser rescatado el desempeño musical de los interpretes y músicos, elementos que no alcanzan para sostener el musical.

F.H.D.

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