Caminando desde la entrada a la sala, Marilú Marini se traslada por el pasillo derecho hacia el escenario, provocando a su paso exclamaciones, aplausos y risas, que la actriz responde ejecutando un “bailecito” triunfal,  extendiendo los brazos y sosteniendo una botella de agua mineral que la acompañará hasta el escenario.  Arriba la aguardan dos sillas de madera blancas, iluminadas por reflectores, resaltando contra el cortinado negro (o gris muy oscuro) que se extiende de punta a punta del escenario. Igual color se advierte en el sencillo vestido que luce la intérprete, que de repente se transforma en Copi.  

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Dice la frase “Años, amantes y vasos de vino no deben contarse”, pero bueno.  El Frasco es una historia de odios y venganzas que se van a jugar en un espacio creado a fuerza de luces y sombras.  

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En Asesinato para dos todos son sospechosos de la misma forma en que lo es cualquier personaje salido de una novela de Agatha Christie. Pero acá no se trata de literatura sino de teatralidad, con algo de vaudeville y algo de cine noir.  La resultante es un delirio de personajes disparatados producto de las logradas actuaciones de Hernán Matorra (Marcus) y Santiago Otero Ramos (los demás personajes).

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Intrusión propone un particular texto de un joven autor  francés en una artificial y distante mirada de Leandro Saggese.

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El arte ha estado siempre vinculado con la naturaleza en una relación de  imitación u  oposición y los artistas mantienen un nexo con la madre tierra análogo al comportamiento de  los hijos con los mandatos paternos. 

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